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La nave de los locos
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miércoles, 17 de marzo de 2010

SE VENDE BROLLOS (Y SE PONEN AMPOLLETAS)
José Barroso


SE VENDEN BROLLOS (Y SE PONEN AMPOLLETAS)
Muy temprano llegaba Neco Garcés a la parada, compraba en el quiosco los periódicos y, después de tomarse un guayoyo y comerse un par de empanadas, se sentaba en un banco a leer las noticias. Luego le comentaba lo leído a los que iban llegando: estudiantes somnolientos, maestros ansiosos de que llegara la quincena, obreros que se desayunaban con humo de cigarro, gente sonriente que decía: “Buenos días”, y seguía carialegre, así nadie le respondiera su cortesía, y también gente mal encarada que empujaba con furia a quien se interpusiera en su camino cuando, al cabo de una hora de espera, llegaba, al fin, una camionetica Mapegadaro.
Aunque nadie le prestaba atención a las narraciones noticiosas del pobre Neco Garcés, éste no se desanimaba, continuaba hasta que se le agotaba el repertorio y entonces apelaba a las, llamadas por él, “noticias endógenas”, que no eran más que los chismes del vecindario. Ahí sí que tenía éxito. Nada más con decir, por ejemplo, “¿esa que va ahí no es la pretenciosa de la Yisnexis?”, conseguía la atención de tres o cuatro personas que lo miraban con ojos de culebra en celo, porque sabían que venía algo candanga, algo que los haría exclamar: “Mírenla, pues, y tan seriecita que se veía la Yisnexis!”. Dígame si decía: “¿Y aquel a quién saldría con ese tumbaíto, con lo mujeriego que es el papá?” Las miradas se multiplicaban porque sabían que venía un bombazo que los tendría todo el día murmurando: “Ah mundo, se perdió esa cosecha”.
En una ocasión, un vendedor de películas piratas que escuchaba sus comentarios le preguntó: “¿Y eso es verdad?”. A lo que él respondió: “Así no lo sea, mijito, con algo tengo que entretenerme”. El vendedor de recordó un cuento que habían ido comentando días atrás, en la camionetica donde él iba, dos estudiantes de Literatura de la Universidad “Francisco de Miranda”. El cuento trataba acerca de alguien que vendía palabras. También vino a su memoria una película brasileña en la cual una mujer se ganaba la vida escribiendo y vendiendo cartas. Aquellos dos recuerdos le dieron una gran idea. “Vamos a vender tus chismes y nos metemos un billete”. “¿Quién te dijo que yo soy chismoso? Yo lo que soy es comentarista vecinal”.
Pero tanto insistió el vendedor de películas piratas que Neco aceptó el negocio y a la mañana siguiente instalaron en la parada una mesa, de esas que usan los que alquilan teléfonos celulares, con un cartel que decía: Se venden brollos y se ponen ampolletas. “Si nos va mal con una cosa nos bandeamos con la otra”. Le explicó Neco Garcés a su ayudante, quien, como encargado de la publicidad de la empresa, estuvo todo el día repartiendo volantes en la parada y dentro de las busetas. La publicidad ofrecía: A un módico precio le inventamos el chisme que necesita para desprestigiar y destruir al vecino, al rival, al jefe, al compañero de trabajo, al que le quitó el puesto, al que está en el cargo que usted quiere, a quien le quitó a la mujer o el marido… y a quien a usted le cae mal, por puro gusto.
Lo cierto es que poco a poco comenzaron a llegar los clientes. Ya en la tarde era extensa la cola de personas a las que no les gustaba el chisme, pero las entretenía. Fue tanto el éxito del negocio que llegaba gente de todo el país. La cola ya más bien parecía una de Mercal.
Los chismes que más solicitaban eran los llamados “de cama”, los cuales contaban quién se acostaba con quién, quién le montaba los cuernos a quién o quién era sodomita… gay, pues. Neco y su ayudante ofrecían un combo que contenía el chisme y un folleto con las instrucciones de cómo difundirlo. Estas instrucciones contemplaban desde los sitios donde debía comenzar la difusión hasta las palabras precisas con las que se debía iniciar el rumor: “No se lo digas a nadie”. “No me vayas a vender”. “A mí no me consta”. “Por ahí se dice”. “A mí no me lo creas”.
Ser el blanco de un chisme se convirtió, de pronto, en un símbolo de estatus, por aquello de que “no importa que hablen bien o hablen mal de mí, pero que hablen”. Entonces la gente comenzó a ir al negocio de Neco Garcés, que ya se había convertido en una franquicia, para que le crearan su propio chisme. El hombre cada vez se hacía más y más rico. Pero un día le sobrevino la desgracia. Llegó el gobierno, el Seniat, para ser exacto, y le cerró la empresa porque no tenía los papeles en regla y no pagaba impuestos. Por si fuera poco el socio le robó todos los cobres. Pero Dios no podía ser tan injusto con él. De tanto inventar y contar chismes, a Neco Garcés le creció la lengua a tal punto que ahora se gana la vida puliendo con ella las piedras de la zona colonial.
¿Mentira? Claro que es mentira, pero yo también tengo derecho a inventar un brollo.


 Marzo de 2010

lunes, 23 de noviembre de 2009

SÚBETE A MI MOTO
José Barroso



Cuarenta años tenía el señor Francisco laborando en la Oficina sin presentar nunca un reposo, sin faltar jamás un lunes por quedarse dormido pasando un ratón, cuarenta años sin irse antes de la hora de salida ni un solo viernes, sin reunirse en el cuartito de la fotocopiadora a fumarse un cigarro o a buscar los números de la lotería ocultos en el comic llamado la Panchita, como algunos de sus compañeros.
Él era el primero en llegar y el último en irse, el que asistía a la Oficina un sábado o un domingo si el director lo necesitaba, el que debía ser obligado por el jefe de personal a tomarse sus vacaciones, el único que permanecía sobrio en las fiestas de fin de año, “porque mañana tengo que trabajar”, y se iba tempranito a casa, después de los regalos del amigo secreto o después que los dos compañeros que se tenían tirria se daban un abrazo palmoteado  y se iban a bailar en trencito con  los demás.
Por eso se extrañó tanto el señor Francisco cuando el nuevo jefe, llegado de Caracas para enderezar las cosas, lo citó a su despacho. Pensó que se trataba de una amonestación. “¿Pero, por qué -se preguntó- si yo cumplo con mi horario y con mi trabajo, y nunca en la vida me he llevado las resmas de papel ni las cajas de bolígrafos para mi casa?”
Quiso seguir imaginando las razones de la posible amonestación, pero la voz de la secretaria del jefe interrumpió su pensamiento: “Dice el doctor que pase”.
Temeroso el señor Francisco abrió la puerta del despacho, saludó y esperó impaciente que el jefe terminara de buscar, con afán, un papel en los lotes de carpetas colocados sobre el escritorio.
“Tenga, señor Colina, en este oficio se le informa que usted ha sido jubilado”.
Ju-bi-la-do. La palabra estremeció al señor Francisco. Jubilado le sonaba a   fusilado, a júbilo jamás, sino a eso a fu-si-la-do. “¿Pero, y yo qué hice, doctor?”. Le preguntó al Jefe el señor Francisco con el rostro descompuesto. “Ponerse viejo, señor Colina. ¿Le parece poco? Ponerse viejo”. Fue la respuesta de aquel hombre de rostro inexpresivo.
El señor Francisco tomó la carta, la metió en el bolsillo de su camisa y salió. No quiso decirle nada más al hombre cuyas palabras lo habían hecho sentirse disminuido ante él, ante sus treinta o treinta y cinco años de edad, y ante su voz de tono indiferente. Sabía que ningún ruego cambiaría aquella decisión.
Mientras caminaba hacia su escritorio, con el corazón encogido, pensó en cómo se lo diría a Zenaida, su esposa. Debió imaginarse que aquello pasaría en algún momento, pero nunca lo hizo. Estuvo siempre tan metido de lleno en su trabajo que  no tuvo tiempo para eso. Durante el resto de la jornada no hizo más que reflexionar, reflexionar, hasta la hora de salida.
Llegó a su casa risueño, así lo vio Zenaida, risueño, como en los cinco actos académicos de los cinco hijos, graduados tres en la “Francisco de Miranda”, uno en el Tecnológico y el menor en la Central, bajo aquellas nubes de Calder que por momentos le recordaban los Tres Platos que durante mucho tiempo habían levitado en la resolana de Coro.  
Zenaida extrañó que llegara tan carialegre y más zalamero de lo habitual. También extrañó que buscara los discos de acetato de la Billo`s, y colocara insistentemente aquella canción que les gustaba bailar en el Club Concordia cuando eran novios
La esposa no se cansaba de preguntarle el porqué de tanta alegría, pero él no le respondía, sólo le sonreía y continuaba trasteando en la cocina, buscando unas cervecitas, unas aceitunas, unas pepitonas y condimentando la carne para una parrilla… 
            Fue varias horas más tarde, con diez cervezas encima y con la Billo`s de fondo cuando le dijo a la esposa: “Me jubilaron, Zenaida, pero no les voy a dar el gusto”. La esposa se llevó asombrada las manos a las mejillas y estaba a punto de soltar las lágrimas cuando escuchó al señor Francisco decirle: “No, no. Nada de lloriqueos. Ahora nos toca a nosotros… Cinco hijos, todos graduados, todos casados. Ocho nietos, todos hermosos… Ahora nos toca a nosotros”. 
            Los hijos al enterarse le recomendaron: “Lo que debes hacer, papá, es invertir esos cobres de la jubilación”. “Sí, pero primero me voy a comprar mi moto”. Les dijo él. “¿Una moto, cómo que una moto, qué vas a hacer tú con una moto?” “Montarme en ella, pues”. “Pero, papá, ya tú no estás para esas cosas”. “¿Ah no, y entonces para qué estoy?”
            Fue tal la alarma en la familia que hasta la hija que vive en Miami lo llamó: “Esas son cosas para la juventud, papá”. Le dijo ésta, a lo que él respondió: “Por eso mismo, mija, esa es una deuda que tengo conmigo desde mi juventud”.
Sólo Zenaida, como siempre, lo apoyó y el día que el señor Francisco llegó con la moto ella se cubrió su cabello blanco con un pesado casco y lo acompañó por las calles de Coro, agarrada fuerte a su cintura. Y así andan desde ese día, sintiendo la brisa fresca de la sierra o el viento salobre de la península, amándose en parajes insólitos, sintiéndose más vivos que nunca, llenos de verdadera juventud. 


Marzo de 2006