La nave

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La nave de los locos
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jueves, 5 de agosto de 2010

GRIMORIO

Esta noche, siento la casa bambolearse. Corro al balcón. Es extraño. A pesar de la oscuridad, más intensa de lo habitual, observo texturas mucosas envolviendo las calles -que se han arqueado-, los edificios, los escasos árboles. Entonces salgo. Camino calle Falcón abajo, paseo Talavera abajo, hasta desembocar en la Catedral, que suena como un corazón. Cruzo la plaza Bolívar y me enrumbo hacia el Mercado Viejo para verlo envuelto en ovillos de pelambre parda. Esta ciudad ha vuelto a convertirse en un gato. Esta ciudad tiene abierto su libro de seretón, ojalá nadie se lo vaya a cerrar.

Microcuento ganador del 1er lugar del Concurso de Microcuentos del Diario Nuevo Día.

lunes, 10 de mayo de 2010

Postales de Narragonia III











Si estás de visita en la ciudad de Coro o vives en ella y no encuentras alternativas expositivas que ver, visita el mercado municipal, seguro encontrarás, entre las frutas o tras las legumbres, obras pictóricas de artistas anónimos. También encontrarás instalaciones que ni en los grandes salones de arte del país. FELIZ DÍA DEL ARTISTA PLÁSTICO.







miércoles, 17 de marzo de 2010

SE VENDE BROLLOS (Y SE PONEN AMPOLLETAS)
José Barroso


SE VENDEN BROLLOS (Y SE PONEN AMPOLLETAS)
Muy temprano llegaba Neco Garcés a la parada, compraba en el quiosco los periódicos y, después de tomarse un guayoyo y comerse un par de empanadas, se sentaba en un banco a leer las noticias. Luego le comentaba lo leído a los que iban llegando: estudiantes somnolientos, maestros ansiosos de que llegara la quincena, obreros que se desayunaban con humo de cigarro, gente sonriente que decía: “Buenos días”, y seguía carialegre, así nadie le respondiera su cortesía, y también gente mal encarada que empujaba con furia a quien se interpusiera en su camino cuando, al cabo de una hora de espera, llegaba, al fin, una camionetica Mapegadaro.
Aunque nadie le prestaba atención a las narraciones noticiosas del pobre Neco Garcés, éste no se desanimaba, continuaba hasta que se le agotaba el repertorio y entonces apelaba a las, llamadas por él, “noticias endógenas”, que no eran más que los chismes del vecindario. Ahí sí que tenía éxito. Nada más con decir, por ejemplo, “¿esa que va ahí no es la pretenciosa de la Yisnexis?”, conseguía la atención de tres o cuatro personas que lo miraban con ojos de culebra en celo, porque sabían que venía algo candanga, algo que los haría exclamar: “Mírenla, pues, y tan seriecita que se veía la Yisnexis!”. Dígame si decía: “¿Y aquel a quién saldría con ese tumbaíto, con lo mujeriego que es el papá?” Las miradas se multiplicaban porque sabían que venía un bombazo que los tendría todo el día murmurando: “Ah mundo, se perdió esa cosecha”.
En una ocasión, un vendedor de películas piratas que escuchaba sus comentarios le preguntó: “¿Y eso es verdad?”. A lo que él respondió: “Así no lo sea, mijito, con algo tengo que entretenerme”. El vendedor de recordó un cuento que habían ido comentando días atrás, en la camionetica donde él iba, dos estudiantes de Literatura de la Universidad “Francisco de Miranda”. El cuento trataba acerca de alguien que vendía palabras. También vino a su memoria una película brasileña en la cual una mujer se ganaba la vida escribiendo y vendiendo cartas. Aquellos dos recuerdos le dieron una gran idea. “Vamos a vender tus chismes y nos metemos un billete”. “¿Quién te dijo que yo soy chismoso? Yo lo que soy es comentarista vecinal”.
Pero tanto insistió el vendedor de películas piratas que Neco aceptó el negocio y a la mañana siguiente instalaron en la parada una mesa, de esas que usan los que alquilan teléfonos celulares, con un cartel que decía: Se venden brollos y se ponen ampolletas. “Si nos va mal con una cosa nos bandeamos con la otra”. Le explicó Neco Garcés a su ayudante, quien, como encargado de la publicidad de la empresa, estuvo todo el día repartiendo volantes en la parada y dentro de las busetas. La publicidad ofrecía: A un módico precio le inventamos el chisme que necesita para desprestigiar y destruir al vecino, al rival, al jefe, al compañero de trabajo, al que le quitó el puesto, al que está en el cargo que usted quiere, a quien le quitó a la mujer o el marido… y a quien a usted le cae mal, por puro gusto.
Lo cierto es que poco a poco comenzaron a llegar los clientes. Ya en la tarde era extensa la cola de personas a las que no les gustaba el chisme, pero las entretenía. Fue tanto el éxito del negocio que llegaba gente de todo el país. La cola ya más bien parecía una de Mercal.
Los chismes que más solicitaban eran los llamados “de cama”, los cuales contaban quién se acostaba con quién, quién le montaba los cuernos a quién o quién era sodomita… gay, pues. Neco y su ayudante ofrecían un combo que contenía el chisme y un folleto con las instrucciones de cómo difundirlo. Estas instrucciones contemplaban desde los sitios donde debía comenzar la difusión hasta las palabras precisas con las que se debía iniciar el rumor: “No se lo digas a nadie”. “No me vayas a vender”. “A mí no me consta”. “Por ahí se dice”. “A mí no me lo creas”.
Ser el blanco de un chisme se convirtió, de pronto, en un símbolo de estatus, por aquello de que “no importa que hablen bien o hablen mal de mí, pero que hablen”. Entonces la gente comenzó a ir al negocio de Neco Garcés, que ya se había convertido en una franquicia, para que le crearan su propio chisme. El hombre cada vez se hacía más y más rico. Pero un día le sobrevino la desgracia. Llegó el gobierno, el Seniat, para ser exacto, y le cerró la empresa porque no tenía los papeles en regla y no pagaba impuestos. Por si fuera poco el socio le robó todos los cobres. Pero Dios no podía ser tan injusto con él. De tanto inventar y contar chismes, a Neco Garcés le creció la lengua a tal punto que ahora se gana la vida puliendo con ella las piedras de la zona colonial.
¿Mentira? Claro que es mentira, pero yo también tengo derecho a inventar un brollo.


 Marzo de 2010